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A 13 años de distancia, el recuerdo de Alfredo sigue vivo


Publicado el 6 de Abril del 2018 12:54 p.m. OPINIÓNAula Magna Por: Cuauhtémoc L. Varela Villegas



Por Cuauhtémoc L. Varela Villegas

 

Lo conocí durante agosto de 2001 en Navolato. Hacía tiempo que había escuchado hablar de él pero aquella calurosa mañana, cuando nos encontramos en uno de los pasillos de la plazuela “Vicente Guerrero”, me di cuenta que su apodo se justificaba de alguna manera. Era Alfredo Jiménez Mota, “Winnie the Pooh”.

Coincidíamos por primera vez en un campo de batalla que para ambos era aún desconocido. Él representaba a El Sol de Sinaloa y yo aEl Debate de Culiacán, en ese campo minado del periodismo.

Originario de Empalme, Sonora, llegó a Culiacán acompañado de su hermana Leticia a estudiar. Él la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación y ella Enfermería. La de Occidente y la Autónoma de Sinaloa serían sus universidades.

—“¿Eres el que cubre Navolato para El Debate?”, me inquirió viendo mi uniforme de la empresa y, luego de mi respuesta afirmativa, se sinceró.

“Es que es mi primer día por acá y no sé qué información buscar, dónde están las posibles fuentes; nomás las de seguridad las ubico”, exclamó con una timidez de niño que contrastaba con su corpulencia y el tono grueso de su voz.

Lo que siguió fue el forjamiento de una amistad sincera y leal, al punto que, cuando tuve que renunciar como reportero-editor del periódico, en octubre de 2002, para irme a la entonces incipiente Comisión Estatal para el Acceso a la Información Pública, me pidió que lo recomendara para poder quedarse en mi lugar, y así lo hice. Luego se cambió a la sección policiaca, su favorita.

En alguna ocasión nos encontramos en el centro de la ciudad de Culiacán y me mostró el borrador de una entrevista que le hizo al otrora corresponsal de guerra “favorito” de TV Azteca: Víctor Hugo Puente, quien había confesado, casi off the record, que las imágenes de guerra que se ven en televisión mientras narran en vivo eran falsas. “La guerra está a kilómetros de donde transmitimos” habría dicho.

Este trabajo, publicado en la revista Cambio 21, del periodista Óscar Rivera Inzunza (QEPD), le costó el empleo a Puente y a Alfredo le valió el Premio “El Payo de El Rosario”, en su última edición, en 2003, en cuya ceremonia de entrega conocí a sus padres y hermana.

De niño soñaba con ser boxeador, como su ídolo Julio César Chávez, o policía. Incluso agente aduanal. Le apasionaba el solo hecho de pensar que participaba en detenciones de delincuentes o en decomisos de drogas o armas. Quizá por eso también se desempeñó en áreas de prensa de algunas instituciones se seguridad en Culiacán.

Alfredo estaba enamorado de la vida y de las mujeres. De Culiacán a Hermosillo se fue suspirando por una compañera de El Debate que no le correspondió como él hubiera querido.

De hecho, en su primer día en El Imparcial, por allá a finales de septiembre de 2004, lo primero que hizo fue poner una foto de la chica sobre el monitor de la computadora que le había sido asignada.

Pero quería comerse al mundo y su inocencia y arrojo no le permitían medir los peligros de esta profesión, la de informar.

Por eso, cuando se fue a Hermosillo, Sonora, a trabajar en la sección policiaca, empezó a destacar publicando información delicada, de detenciones, de asesinatos, decomisos. Lo hacía con una habilidad sorprendente, con datos y detalles que nadie objetó nunca, pero siempre cuidando sus fuentes, esas que, según pesquisas posteriores, lo dejaron desamparado al final y hasta lo “pusieron”.

El 2 de abril pasado se cumplieron 13 años de la desaparición de Alfredo y, aunque hay nombres, datos y detalles de sospechosos —algunos detenidos o muertos y otros prófugos—, no se conocen resultados concretos. Desde el de Vicente Fox Quesada, gobiernos van y vienen junto con sus promesas, pero lo cierto es que doña Esperanza, don Alfredo y Leticia, no saben dónde está Alfredo.

Todavía recuerdo la última conversación que tuve con él ese funesto sábado 2 de abril de 2005. Eran las 7:00 horas y a mi celular entró una llamada de un número que desconocía. No contesté y luego, al entrar al messenger de Hotmail, en mi computadora, Alfredo me reclamada mi negativa a contestar. “Solo quería saludarte y preguntarte por mi amorcito”… “bueno, te dejo porque voy a entrar a una junta aquí en el periódico. Guarda mi número”.

Pudiera llenar planas y más planas con anécdotas de mi convivencia con Alfredo, pero quise hacer referencia a estos pasajes solamente como un homenaje a él y una forma de recordarlo así, en vida, con vida.

 

 

 

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