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Campaña en alerta


Publicado el 6 de Febrero del 2018 11:25 a.m. OPINIÓNLeonardo Kourchenko



Por: Leonardo Kourchenko

 

Dicen los que saben, que las campañas políticas encierran su éxito en la emoción que transmiten, en la capacidad de contagio, de convencimiento, en la construcción de expectativa que no es otra cosa que esperanza. Una campaña, especialmente en nuestro cíclico país sexenal, construye sus conceptos hipotéticos, sus ejes temáticos, sus mensajes clave, sobre la expectativa de un futuro mejor, de un nuevo modelo, una nueva forma de ejercer el poder y de construir ciudadanía, autoridad, comunidad, desarrollo y muchas cosas más. Tal vez, esencialmente, bienestar, tristemente hoy tan lejano de millones de mexicanos. 

De eso se trata. Hoy más que nunca, lo señalan las investigaciones y los estudios, se trata más de la personalidad del candidato que de la derruida y desprestigiada imagen de los partidos. El votante fija su atención de forma preponderante en la trayectoria, experiencia, conocimiento, probidad del candidato, por encima de las movilizaciones partidarias, las campañas, los eslogan, las mantas e incluso las dádivas. Como dice Andrés Manuel, o por lo menos lo decía en campañas anteriores: “Agarren todo lo que les den, ya después votan por mí”.

El ciudadano escéptico, desconfiado, distante de organizaciones y militancias –arriba de 55 por ciento del electorado– concentrará su juicio y criterio en las personas, en los individuos, más que en los partidos. Es imposible saber ahora, no se ha medido ni existen datos sólidos, sobre el peso específico que el votante asigna a cada elemento en su decisión: el partido procedente –hoy todos, con enormes sumas de negativos– y el candidato por separado.

La primera pregunta es: ¿Se puede deslindar? ¿Se puede evaluar, sopesar a los candidatos separados de sus fuerzas políticas? Difícil operación, aunque anhelada por varios.

De los pasillos de la campaña priista corren versiones de descontrol y desorganización. Un candidato manejado, controlado, amarrado a los designios de la casa presidencial y de su general en el campo de batalla, Aurelio Nuño.

Se cuenta la historia de la afirmación contundente del presidente Peña a un grupo de empresarios destacados, en privado, sobre su capacidad y experiencia para ganar elecciones. Sin duda hay claras pruebas de su experiencia en esta materia, la capacidad operativa, el uso de recursos –que no puede ser soslayado–. Sin embargo, algo pasa en la campaña de José Antonio Meade que no contagia emoción alguna. Ignoro si el candidato se pueda sentir incómodo ante las 'camisas de fuerza' que limitan su acción. No decide la ruta, las plazas, los gastos, el equipo de colaboradores y prácticamente nada.

Un equipo alterno prepara y trabaja sobre las propuestas y temas que el candidato –perdón, precandidato– ha presentado: corrupción, seguridad. Pero el hecho es que el candidato no manda, no está en control de sus eventos, de sus ejes temáticos, de sus alianzas políticas.

Las encuestas arrojan sus números en un sólido tercer lugar. Aunque Enrique Ochoa se empeñe en empatarlo con AMLO, a nadie le salen esos números. El Universal lo coloca a la mitad de lo conseguido por López Obrador (AMLO, 32 por ciento; Meade, 16 por ciento, y Anaya, 26 por ciento).

La última de EL FINANCIERO lo colocaba en un empate a segundo sitio (AMLO, 32 por ciento; Anaya, 20 por ciento, y Meade, 20 por ciento). Sin embargo, no se observa a un candidato emocionado, convencido, apasionado por la enorme tarea de ganar e impulsar un cambio. Tal vez precisamente por esto último, porque no se trata de ningún cambio para el PRI, sino más bien de un ejercicio de continuidad, de profundización de las reformas, de fortalecimiento de las nuevas instituciones –aún incompletas–. La idea de cambio más bien está en disputa entre AMLO y Anaya.

¿Se puede construir la hipótesis de transformación, de renovación sin cambio? ¿Se puede emocionar al electorado con la premisa de un futuro mejor, próspero, con bienestar, derrumbando los vicios de la corrupción y la inseguridad sin plantear a fondo un cambio, una transformación?

En el pasado, el candidato del PRI hegemónico y en el poder eterno establecía un gradual deslinde del presidente en turno, incluso había una gradual cesión de poder, de decisiones, de cargos y mandos. En el escenario presente, se ve imposible ese deslinde y toma de distancia, cuando el jefe de la campaña es el propio mandatario.

La carga del PRI y sus aplastantes negativos, puede llegar a ser demasiado pesada, incluso imposible de remontar.

Tal vez incluso el amarre y el muy reducido margen de maniobra del candidato sea también una carga de la que haya que librarse en algún momento de la campaña.

Lo cierto es que, hasta ahora, esta no parece ser la ruta.

 

 

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