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¿El fin de una era en Cuba?


Publicado el 23 de Abril del 2018 11:36 a.m. OPINIÓNPor: Lourdes Aranda



Por: Lourdes Aranda

 

Desde el pasado jueves, Cuba tiene un presidente que no es un Castro. El primer vicepresidente de la República, Miguel Díaz-Canel, tomó el relevo de la jefatura de Estado en la sesión plenaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Díaz-Canel, quien fue el funcionario de más alto rango de la primera generación postrevolucionaria, fue el sucesor que prefirió Raúl Castro desde que se le nombró primer vicepresidente de Cuba en 2013.

La elección no fue democrática ni abierta a los ciudadanos. Durante la reunión del 18 de abril, 605 diputados eligieron de manera unánime a Díaz-Canel como candidato único a presidente. También se hizo oficial que Castro conservará uno de sus cargos –el de primer secretario del Partido Comunista, el de mayor preeminencia constitucional– por otros tres años, al mismo tiempo que se mantendrá como el general de más alto rango del Ejército cubano. De las instituciones del país, el Ejército es el actor decisivo en las políticas exterior y económica del país.

La transmisión de mando refuerza la idea de la continuidad de la obra de la Revolución pese al relevo generacional. Al mismo tiempo, los cubanos en la isla y fuera de ella (sobre todo el exilio en Florida) advierten una posibilidad de que ocurran cambios, alentados por la apertura tímida de años recientes de la dirigencia cubana para sincronizar la actualización del modelo de desarrollo.

Desde el triunfo de la Revolución, los Castro gobernaron Cuba con las características de un Estado socialista: una supuesta democracia popular y una economía totalmente planificada. Cuba fue un Estado singular en el continente americano y a pesar de innumerables obstáculos como la desintegración de la Unión Soviética y las agresiones de Estados Unidos, estas características se han mantenido vigentes, si bien con ajustes dramáticos.

Sin embargo, la economía sigue siendo el aspecto más crítico para los cubanos. Causas de esta vulnerabilidad son la combinación de la dependencia excesiva de un socio predominante (la Unión Soviética en su momento y ahora Venezuela) y el bloqueo económico. El ‘periodo especial’ en los años 90, inmediatamente posterior a la desintegración de la URSS, dejó consecuencias que aún se resienten. Cuba tiene una política de dos monedas en circulación: por un lado, el peso cubano, con la que el Estado paga los sueldos, y por otra, el peso cubano convertible (CUC), paritario al dólar. Las distorsiones del mercado y la desigualdad entre quienes ganan en pesos cubanos (la mayoría) y quienes tienen pesos cubanos convertibles vuelve urgente la unificación monetaria. Sin embargo, su ejecución se ha aplazado por sus altos costos sociales.

Las políticas del gobierno cubano se han dirigido a captar nuevas fuentes de inversión, divisas y financiación. Las más importantes han sido el establecimiento de la Zona Especial de Desarrollo Mariel –que da facilidades a la inversión extranjera directa en el puerto de Mariel– y el turismo, actividad a la que se atribuye el crecimiento de 1.6 por ciento de la economía en 2017 (después de la caída de 0.9 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) en 2016). No obstante, este potencial está amenazado por las medidas del presidente Donald Trump. Las sanciones de Washington disuaden a posibles inversionistas y sus alertas de viaje a los potenciales viajeros.

Al mismo tiempo, hay otros temas pendientes como el gasto público en seguridad social (educación y salud), cada vez más insostenible en una sociedad empobrecida y en envejecimiento, pero que se presume como logro constatable del régimen castrista. De la misma manera, la liberalización incipiente de los últimos años favoreció el ascenso de una pequeña clase media que no depende de los salarios estatales, que empuja mayores reformas y que podría convertirse en opositora.

No hay consenso entre la dirigencia estatal sobre si se deben profundizar los cambios. Díaz-Canel tendrá que elegir entre dos opciones: probar a las cúpulas militares su lealtad como heredero de la Revolución (sin haber participado en ella) o intentar avanzar en las reformas económicas reforzando el control político, como ocurrió en China después de Mao. Puede haber matices entre ambos caminos, pero el nuevo presidente tendrá un margen de maniobra menor sin el ascendente de los Castro. Si las implicaciones del relevo no son inmediatamente visibles en el corto plazo, anuncian una etapa de definiciones importantes. El riesgo político para Díaz-Canel es el de intentar ser Deng Xiaoping, el reformador de China, y terminar como Mijail Gorbachov, con la desaparición de la URSS.

 

 

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