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He perdido el control


Publicado el 29 de Enero del 2018 8:31 a.m. OPINIÓNVALE VILLA



Por: Vale Villa

 

Estoy perdiendo el control. No les importa lo que me pasa. No entiendo por qué Mario le da vueltas a todo y acaba con mi paciencia. Estoy cansada. Casi no puedo dormir con tantas preocupaciones. Nadie me entiende, sólo me exigen.

Laura ha venido a terapia por un problema para expresar su enojo. Quiere “administrarlo” de manera más inteligente, porque últimamente siente que pierde el control de su mente. La rabia la invade, ladra palabras, llora, insulta. Es esclava de la ira, dice.

–Siempre estoy sumergida en tensiones. Espero que Mario cambie pero no cambia. Es como un niño: dependiente, egoísta, mezquino; incapaz de dar nada si no se lo exijo. Mis ganas de tener una relación justa se fueron a la basura hace tiempo. Soy la madre mala  porque me encargo de que la casa funcione, de regañar a nuestros hijos cuando rompen las reglas, de recordarle a él que me tiene que dar dinero para pagar mil cosas. Soy su memoria, su reloj, su conciencia, su perseguidora. Lo veo y sólo puedo pensar en lo sola que me ha dejado con todo. Quizás él es una de las razones para sentirme tan enojada.

Un camino para desactivar la ira crónica o los estallidos cíclicos de rabia es buscar el origen de la emoción. A veces es deseo de control, exigencia excesiva, perfeccionismo, incapacidad para aceptar a los otros como son. A veces es miedo a perder algo valioso. A veces un sentimiento congruente con situaciones insostenibles como una relación de pareja desequilibrada, violenta, abusiva. O el resultado de una vida de represión en la que poco se han podido expresar los sentimientos o en la que no hay un balance entre gratificaciones y frustraciones.

Siento que me va a dar un infarto, exploto por cosas irrelevantes. He perdido la capacidad para pensar antes de actuar. Sé que en la casa ya nadie me escucha, porque grito y prefieren ensordecerse. Quisiera decirles que me ayuden, que estoy cansada, desbordada, al límite de mis fuerzas; pero, en lugar de decirlo tranquilamente, recurro a groserías y recriminaciones.

Uno de los antídotos contra el manejo torpe de la ira es desarrollar una mente más presente, más alerta a lo que le está pasando. Reconocer los estados de ánimo es algo que requiere de práctica y esfuerzo; de lo contrario, el enojo toma por asalto y aleja la posibilidad de ser amos de nuestras emociones. La razón de las explosiones de ira no es que el enojo sea acumulativo. Tiene que ver sobre todo con la incapacidad para comunicarlo de forma más constructiva. Expresar el enojo con más enojo sólo empeora todo. En lugar de invitar a la escucha, provoca defensividad en los receptores del mensaje.

 

 

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