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La Casita Blanca.


Publicado el 20 de Septiembre del 2017 12:25 p.m. OPINIÓNAndanzas



Por: Ernesto Leyva

 

Era un invierno de 1981 cuando sonó la chicharra que anunciaba ¡vámonos a recreo!, al salir el balón del "Toño" Rocha estaba bien ponchado y por más que le echaba aire este no se inflaba, estábamos en la primaria en el turno vespertino la primaria profesor Salvador Varela Reséndiz cuando llega “el cebollas” un morro que le ponía sobrenombre a todos, era carrilludo el compa, en eso estábamos, cuando al Elías Cuadras se le ocurre salir de la escuela, algo que era un pecado mortal en ese tiempo, ya tenía mucho tiempo platicándonos de una tal casita blanca, según estaba arriba del cerro y que había muchas cosas por ahí desde gatos montes, leones y uno que otro tiranosaurio rex, eran tantas las fantasías que se decían, que nuestra imaginación voló como si nos hubiéramos fumado un extra largo de pura mostaza, fue tanto la piña que nos contaba Elías que decidimos agarrar camino hacia la casita blanca, con la ilusión de encontrarnos dragones y culebra gigantes que caían del cielo. El guía de la excursión era el tremendo Elías y los acompañábamos en ese tiempo, "Toño" Rocha, Luis el “cholo Figueroa” "el cebollas", el Miguel “el chi chi”, "el cambuble” por nombrar algunos. Guiados por nuestro guía el gran pata de perro, agarramos camino, pasamos por el túnel del Humaya  bajamos y agarramos por unas paredes que hacían un presa del agua que caía de los cerros ya en ese entonces no había casas ni fraccionamientos era puro monte, pasamos ese canal y había unas barda empedrada creo yo, a esta altura era parte de una represa  que guiaba el agua atravesando el Info y así no inundado la colonia, parecían ruinas la barda que estaba en el monte, al subir la loma, vemos un camino despejado y se ve a lo lejos la casita blanca. ¡ya vamos llegando! dijo el Elías, todos íbamos lampareados esperando algo fantástico que pasara ya que había oído muchas leyendas sobre esa casita, de vez en cuando uno de los plebes decía una mentira que nos hacía correr como ¡aguas ahí anda un lobo! y  patitas para qué las quiero, ya estando cerca de nuestro destino a todos se nos empezaba a temblar las patitas por no saber que encontrar ahí, todos nos imaginamos muchas cosa hasta ovnis pensábamos que habitaban ahí, cuando llegamos era una casa de block pintada de blanco, toda vieja llegamos y al no ver nada, dijimos  ¡chale! ,¡chale! no hay nada de lo que contaban, en eso estábamos cuando se va levantando un compa como de algunos treinta años todo cochino y greñudo y con una bolsa con Resistol adentro, quien nos dijo ¿qué hacen aquí morros vagos?, en cuando lo vimos, corrimos sin parar hasta la escuela, en eso suena el disco que anuncia la hora de termino del recreo, nunca me había gustado tanto escucharlo como hoy, la marcha de Zacatecas tema del disco que marcaba la horas de entrada, salidas y la hora de recreo. En el viaje fugaz hacia la casita blanca no hubo, dragones, culebras ni leones, lo que hubo fue un marigüano marcando su territorio, al otro día llegó el Elías a contarnos otro cuento, cuando todos les dimos pamba, para que se le quitara lo soñador. Esa casita blanca en ese entonces fue apoderada por un nido de vagos, hace algún tiempo, no recuerdo si es en la colonia Agustina Ramírez o la Cuauhtémoc donde se encuentra en la actualidad, pero si la vi que la aprovecharon como casa habitación hoy no se dónde se encuentra. 

 

 

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