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La Malayerba y la “Mala piedra”


Publicado el 22 de Mayo del 2017 9:59 a.m. OPINIÓNJOSÉ BUENDÍA HEGEWISCH



JOSÉ BUENDÍA HEGEWISCH

El objetivo central de la estrategia contra el narco desde el día 1 y a lo largo de la última década fue debilitar al crimen organizado con el Ejército en la calle, mientras que la espiral de violencia se asumió como un costo asociado y poco calculado. Una conjetura. De esta mala cuenta una concreción anormal es el asesinato de periodistas, que en la ecuación se salda como daño colateral, aunque no hay democracia que resista el desprecio por la libertad de expresión.

Y como el fenómeno no cabe en la operación matemática para disminuir el vigor o el poder del crimen, a lo sumo a su fragmentación, entonces la amenaza contra la libertad de expresión se expulsa como un cólico nefrítico o hepático. En el combate contra los cárteles, los crímenes contra los periodistas, como subproducto indeseado del proceso, se convierten en cálculos, pero de otro tipo. De los que se forman en la vejiga de la orina, en los riñones o, para el caso, en las glándulas salivales. El “mal de piedra” se descarga en el señalamiento de enemigos globales e inimputables como la generalización del crimen organizado. ¿Quién es el responsable de la ejecución de Javier Valdez y el cierre de su columna Malayerba? ¡Fuenteovejuna¡, la excusa de la autoridad para lavarse las manos, como si el delito fuera sólo una calamidad, una dolencia o una derivada del proceso fuera de control.

“El narcotráfico está porque no hay gobierno… el principal problema que tenemos para el ejercicio periodístico es la autoridad”, advertía Valdez, que acabó por ser víctima de su “lengua larga”, como dijera como epitafio para Miroslava Breach, también asesinada días antes en Chihuahua, y una larga lista que, nombre tras nombre, se suman a los 30 homicidios de periodistas en el sexenio.

Valdez es el sexto asesinado en 2017 y, al igual que con los otros, se especula si el móvil fue político o un mensaje del crimen. RíoDoce, la publicación que fundó, ha sido muy crítica con los últimos cuatro gobernadores de Sinaloa, independientemente del color partidista. Ni qué agregar de su trabajo periodístico como uno de los mejores reporteros del narco, cuya información ayudó a explicar y entender. Fue un periodista prudente, que varias veces tuvo que salir de su estado por amenazas, pero acabó engullido por la violencia que, como denunció en Malayerba, vuelve a elevarse en Sinaloa desde la extradición de El Chapo. Su ejecución confirma que no se puede reducir el delito sin bajar la violencia, ese estado de indefensión que invita a sicarios a matar, tanto como a poderes formales y caciques políticos. Así es como perciben los periodistas la violencia y la amenaza como limitante de la libertad de prensa, tanto del crimen (71%) como de poderes locales (67%), de acuerdo con una encuesta nacional de Parametría, UIA, Freedom House y TM de 2016.

Desearía creer que el homicidio de Valdez represente un punto de inflexión para incorporar la reducción de la violencia como criterio central del combate al crimen. La suma de atentados contra la libertad de expresión ha acabado por conmover a un gremio dividido y su ejecución parece que cruzó la raya roja de permisividad de un sector desmovilizado. El crimen obligaría a revisar el fracaso de mecanismos de protección y fiscalías especiales, aunque la respuesta de Peña Nieto es elevar recursos a esas instituciones burocráticas. La impunidad ha sido devastadora, con dos consignados en 17 años en que se registra la muerte de más de 105 periodistas, ataques a medios y retenciones, como apenas sucedió a siete periodistas en Guerrero.

Necesitamos tribunales que sirvan, pero no se activarán sin el reclamo social y mientras la libertad de expresión sea un daño colateral de la violencia. ¿Qué tanto conmovió a una ciudadanía que desconfía de sus periodistas? Eso no lo sé, pero la indignación y el reclamo de ella es imprescindible para superar socialmente esa consideración de los informadores como “mala piedra”.

 

 

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