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La vida es incontrolable


Publicado el 10 de Diciembre del 2018 10:40 a.m. OPINIÓNAymme Gastélum



Por: Aymme Gastélum

Podríamos llenar libretas y libretas escribiendo nuestros planes, las ideas sobre cómo deberían ocurrir las cosas y sobre cómo deberían evolucionar las historias: la nuestra, la de nuestros hijos, nuestra vida amorosa, los logros laborales, académicos o económicos que tendríamos que alcanzar a cierta edad. 

Quizá tengamos muchísimos esquemas, planos, instructivos y manuales que saturan nuestra cabeza y que nos sirven para alimentar la creencia de que lograremos controlar el cauce de la existencia. El primer problema que se deriva de esta forma de entender el mundo, es que el excesivo apego por lo que debe ser, merma la apertura y la flexibilidad, que según varias investigaciones, caracteriza a las personas adaptables y felices. Uno de los hábitos mentales más dañinos es quererle imponer un guión prefabricado a la realidad. Como cuando apenas nacen nuestros hijos y comenzamos a planearles el futuro, a qué escuela irán, para qué tendrán talento, qué lugares queremos que conozcan; si tenemos alguna vocación frustrada, alimentaremos el deseo de que se conviertan en arquitectos o violinistas.
Muy pronto la vida se encarga de ponernos en nuestro lugar, porque desde chicos, ellos despliegan su personalidad y eligen —si respetamos su libertad— un camino diferente al que habíamos soñado. La vida casi nunca se parece a lo que esperamos, porque es lo que es: una experiencia incontrolable, llena de accidentes, eventos indeseados, algunas tragedias y momentos inesperadamente felices. 

A veces la vida es dolor y no transcurre suavemente a pesar de nuestro miedo a sufrir. A veces significa enfrentamientos y discusiones porque no estamos de acuerdo con la gente que amamos. Quizá nada nos gustaría más que poder coincidir siempre con quienes nos importan, pero sabemos en el fondo que es imposible.

Declararse derrotado, desesperado o malhumorado frente a un día en el que todos nuestros planes fracasaron, es perderse una oportunidad dorada para convertir a la adversidad en aceptación de la realidad. O más valientes si enfrentamos lo que no está funcionando, en lugar de pensar que mientras nos escondemos debajo de las cobijas, todo se resolverá mágicamente. Lo incontrolable lo es menos si aprendemos a comunicarnos, a decir lo que sentimos y a respetar el derecho de todos a sentir y a elegir con libertad. 

Tal vez ni siquiera deberíamos calificar los días en buenos o malos. Quizá solamente se trata de entender que vienen como vienen, traen lo que traen y que la función de los problemas es ayudarnos a madurar.

Las crisis son inevitables y pueden ser un motor para decidir cambiar y construir circunstancias nuevas más favorables, aunque sea por un tiempo. Lo incontrolable de la vida se administra un día a la vez, para evitar el flagelo de la angustia por lo que fue o por lo que aún no ha ocurrido.

 

 

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