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México


Publicado el 16 de Octubre del 2017 8:51 a.m. OPINIÓNCosas de Mujeres - Por: Liliana Arango



Por: Liliana Arango

 

Ver a tanta gente siendo las mejores personas que quizá ni siquiera sabían que podían ser –en el país de la desconfianza, de la corruptela cotidiana, del abuso, del voy derecho no me quito– materializa un deseo: que nunca más vuelva la normalidad de la indiferencia y de la falta de participación. Frente a la vida que recupera sentido en un entorno de bancarrota política y moral, generada por un Estado corrupto, ineficiente y coludido con el crimen organizado, dan ganas de nunca más volver a ser insensible por la vida de cualquier mexicano.

La muerte nos ronda a todos siempre. Por eso aprender a vivir un día a la vez es un antídoto para la angustia, la tristeza y el exceso de expectativas. Un día a la vez es la única manera de procesar las pérdidas humanas y materiales. Un día a la vez para atravesar el impacto y el dolor de los primeros días y semanas, para después redefinir el camino, la identidad personal y comunitaria y el sentido de la vida.

Hemos atestiguado entre incrédulos y emocionados una organización ciudadana poderosa y fuerte. Las personas se unen cuando hay una causa grande y noble que defender y suelen volverse bondadosas durante los desastres y frente a la tragedia. Todos dejan de ser extraños y se despiertan las ganas y la voluntad de darles una mano. Es como si un interruptor se moviera en el cerebro y se diera un cambio de perspectiva: cuando aparece el horror, lo pequeño, banal y superficial pierde importancia. De repente hemos sido capaces de enfocarnos en lo que es importante: en la vida humana como un tesoro, en el bienestar del otro como si fuera el propio, en el valor de la comunidad y de la cooperación por encima de la competencia.

En una más de sus luminosas reflexiones, Jesús Silva Herzog Márquez ha escrito que “más que una categoría sociológica, más que una entidad histórica, la nación es una forma del cariño”. Es la primera vez en años que la palabra México adquiere un significado así de poderoso para mí. Cualquier nacionalismo vacío que ordene amar a la patria porque es la patria, jamás resonó, pero pensar que quiero el bien de otros que no conozco, sí me hace amar a los mexicanos y a la tierra en donde nacimos.

Recuperar la confianza en la ciudadanía alienta. Saber que podemos ser fuertes, nobles y mejores que el Estado, es un claro motivo para la esperanza y para vigilar sin descanso que la reconstrucción del país se haga con transparencia.

Recuperar el sentido ante un alud de sinsentido es la tarea más difícil que enfrentaremos todos en los siguientes días y semanas. La vida es efímera y la gente que más amamos puede desaparecer en cualquier momento. Deberíamos recordar todos los días la belleza de tener a quien amar y de pertenecer a una comunidad.

Recordar la impermanencia de las cosas debería ser de ahora en adelante una reflexión que más que entristecernos, nos vincule más activamente con todo lo que nos rodea.

Tener presente que lo único que controlamos son nuestras intenciones y conductas y que el resultado de todo lo que intentemos depende en parte de las circunstancias externas, para ser reservados con nuestras expectativas.

Hemos vivido un terrible recordatorio de que la naturaleza tiene voluntad propia y que debemos estar listos para no hacernos pedazos cada que algo malo ocurra y sí para vivir cada reto como una oportunidad para ejercer la virtud y practicar con constancia el ser mejores. Frente al dolor, aparece la fortaleza. Frente al insulto, la paciencia. Con el tiempo, podremos confiar en que no hay nada que no podamos soportar.

Hablemos poco y actuemos más. Con frecuencia, el ego es un obstáculo para volver acción las palabras hermosas.

Pensemos menos en lo individual, hablemos menos de nosotros mismos y escuchemos más. Pensemos más en la identidad colectiva, en lo que nuestro barrio, ciudad y país necesitan. No dejemos que vuelva la normalidad, no dejemos que el olvido se lleve todo lo que hemos aprendido estos días.

 

 

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