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Sobre la bondad


Publicado el 30 de Abril del 2018 9:18 a.m. OPINIÓNCosas de Mujeres - Por: Liliana Arango



Por: Liliana Arango

 

El ejercicio de la bondad se consideraba un placer en el pasado. Hoy en día la gente encuentra este placer inverosímil o sospechoso. Creemos en el fondo que todos estamos enojados, que somos malos y peligrosos. Que como especie somos antagonistas de los otros y que nuestras motivaciones son siempre egoístas y que lo que hacemos por los demás solo es otra forma de la autoprotección. La independencia y la autoconfianza son hoy las grandes aspiraciones.

¿Por qué la bondad se ha vuelto algo tan peligroso?

Porque nos vuelve susceptibles, sensibles a los otros, capaces de identificarnos con sus placeres y con sus sufrimientos. Ponerse en los zapatos de alguien suena precioso pero puede ser muy incómodo. En 1741, el filósofo David Hume, afirmó que solo los tontos que han perdido contacto con la realidad emocional pueden negar la existencia de la bondad humana. El significado original de bondadestaba asociado a parentesco y a igualdad. Después se usaron otras palabras para describirla: empatía, generosidad, altruismo, benevolencia, humanidad, compasión, filantropía, caridad, tener el corazón abierto para vincularse a los otros.

“No menos que el deseo indiscriminado y general de distancia de los otros es el deseo de acortar esa distancia” escribió el crítico alemán Theodor Adorno, sugiriendo que aunque la distancia con los otros nos hace sentir seguros, también nos hace sentir tristes porque la soledad es el costo de cuidar de uno mismo. El deseo humano de conectar está presente en la historia en la celebración clásica de la amistad, en las enseñanzas cristianas del amor y la caridad y en las filosofías del siglo XX sobre el bienestar social.

En 1651 Thomas Hobbes escribió el Leviathan, el libro original del nuevo individualismo que rechazó la bondad cristiana como un absurdo psicológico. “El hombre es el lobo del hombre (…) los hombres son bestias egoístas a las que no les importa nada más que su propio bienestar”.

Tres siglos después parece que Hobbes nos convenció de que el egoísmo es la fuerza que nos guía. “Es naturaleza humana”, decimos; “qué más podemos esperar?” pensamos cuando alguien actúa de modo cruel o desconsiderado.

La bondad es la capacidad de entender la vulnerabilidad de los otros y de uno mismo, y se ha convertido en un signo de debilidad. Somos una sociedad fóbica y suspicaz a la bondad creyendo que es una forma elevada de egoísmo para obtener superioridad moral o para explotar a alguien; que es una estrategia para controlar a los fuertes, que los buenos son buenos porque no tienen la valentía o la fuerza para ser otra cosa.

Si pensamos en los seres humanos como esencialmente competitivos y entonces triunfalistas por naturaleza, la bondad parece una quimera.

La autosuficiencia es el llamado dominante de nuestra cultura, que en grados patológicos se vuelve narcisismo. El placer de la bondad que nos conecta con los otros se ve avasallado por el terror a nuestra propia fragilidad.

Si Dios está muerto o no existe, la bondad es lo único que nos queda: mezclar nuestras necesidades y deseos con los de los demás de una forma en la que el egoísmo jamás nos permitirá y descubrir y disfrutar el placer de cuidar a los otros.

 

 

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